Woody Allen

woody-allen2Conocí a Woody Allen en un cine-forum de aquellos que en épocas del tardo franquismo y la transición, organizaban los progres, siempre amantes de la extensión cultural y del debate político.

Aquel descubrimiento fue una suerte de feliz flechazo, porque ese tipo feo, desgarbado, patoso, gafotas y obsesionado con la muerte, se me antojó como mi alter ego masculino.

La película se llamaba Toma el dinero y corre, y ese humor era justo el humor que a mí me hacía reír. Creo que se le llama humor inteligente y eso, me llena de orgullo.

Fue en Sueños de Seductor cuando le propuse abandonar la pantalla tras el romance fallido con Diane Keaton, y venirse a vivir conmigo. Más tarde me plagió esta idea y la inmortalizó en La Rosa Púrpura de El Cairo, pero nunca se lo tuve en cuenta, ni le pedí ningún emolumento en concepto de propiedad intelectual.

Más tarde, me alternaba con Mía Farrow y yo se lo permitía porque nunca vivieron juntos. Sabía que la relación con ella acabaría mal y no pudo haber sido de peor manera. Ella, que se había casado de jovencita con un señor que le triplicaba la edad, acusó a mi Woody de pederasta por enamorarse de su hija adoptiva, la coreana Soon-Yi.

Cierto es que él siente debilidad por las jovencitas, como se puede comprobar en la elección de sus partenaires en muchas películas, Manhattan, sin ir más lejos, pero es que, quién tiene tanto temor por la muerte, necesita rodearse de vida, y ¿existe algo más vivo que una piel joven?

Ahora nuestra relación es la de dos viejos colegas. Él rueda una película en Europa cada año y luego se retira a tocar el saxo con su banda, que es lo que más le gusta, y a refugiarse en los brazos de su nueva esposa Soon-Yi, esa especie de “reposo oriental del guerrero”  indiferente al mundo de candilejas de su marido, que parece amarle solo como hombre, despojado de su aura de artista. Yo procuro ver todas las nuevas películas, e incluso a veces, revisar las antiguas. Aunque no sean las obras maestras de antaño, o mi mirada se haya vuelto más escéptica, sé que me voy a encontrar con una obra de calidad y con mi viejo amigo, el neurótico y genial,  Woody Allen.

P@

Norma Jeane

Norma Jeane

«No quiero, no quiero, pero necesito descansar. Solo será un sueño profundo que consiga silenciar los demonios que me acosan».

Ha tomado todas las pastillas del frasco y, poco a poco se desliza entre las imágenes de su vida de estrella cuando el mundo giraba al ritmo del movimiento de sus caderas, y su cuerpo voluptuoso llenaba las pantallas de los cines, haciendo soñar a más de una generación de fans cautivados por su ingenua sensualidad.

Van quedando atrás las figuras de sus esposos y amantes, entre cuyos brazos ha buscado desesperadamente el amor, tan raquítico en su infancia de niña ilegítima. Esa niña insegura que nunca dejó de existir en ella, y que implora protección y amparo. La niña que siente el aliento alcohólico del hombre que la sienta sobre sus rodillas para subir la mano lasciva bajo su falda desoyendo una vocecita que angustiada suplica: « no quiero, no quiero».

P@